Me enfado mucho, cuando por culpa de los compromisos publicitarios, las televisiones conectan con los partidos internacionales de fútbol una vez ya se han interpretado los correspondientes himnos nacionales. Odio perderme los marciales compases de este tipo de canciones, y, sobre todo, observar los comportamientos y actitudes de los futbolistas al escuchar las notas del himno de su nación. Unos cantan, otros miran al cielo, algunos ponen su mano en el pecho, e incluso ahora se ha puesto de moda que los jugadores se abracen mientras tararean los acordes patrios.
Yo tengo mis favoritos. Musicalmente, el himno alemán, sin duda. Con Joseph Haydn hemos topado, claro. Pero en conjunto, hay otros que me gustan más, como el italiano, el mejicano o incluso, el inglés y el norteamericano. Aunque, realmente, todos me atraen. Pero hay que tener cuidado con esto de los himnos, porque son casi como una droga. En un ambiente propicio pueden elevar los niveles de adrenalina y testosterona del que los escucha hasta el punto de hacerle sentirse superior al resto de los humanos, y capaz de realizar cualquier cosa. Y la historia nos ha enseñado que estos sentimientos, utilizados por gente manipuladora y sin escrúpulos, pueden acarrear graves consecuencias. De ahí la predilección que los regímenes más totalitarios han tenido siempre por esta clase de composiciones, dotándolas habitualmente de llamativas escenografías y coreografías que potenciaban aún más su alta capacidad de convicción. 


