sábado, 29 de marzo de 2008

Que lo cuente Alvite

Hay escritores que narran historias y otros que las viven antes de que ellos mismos o aquellos primeros las envuelvan con una bonita portada. Me cuentan incluso que más de uno ha ganado premios literarios sin haber ensuciado otro papel que el de las servilletas de zig-zag. Mi azarosa existencia se podría resumir como un vano intento de, apenas por un instante, asemejarme al peor de entre todos esos escritores de la segunda clase.

Comencé, como todo el mundo, asistiendo a talleres de literatura durante el día, pero pronto me percaté que era por las noches, cuando operaba la verdadera escuela. Me inicié en cuantos vicios existían sólo para poder ser uno de ellos. Al principio, fumaba y bebía en soledad, y toda mi conversación se reducía a pedirle la cuenta al camarero. Mientras esperaba el momento en que algo me sucediese al fin, observaba discretamente todo lo que ocurría a mi alrededor, y gustaba de disfrutar de la música de ambiente como si fuese la banda sonora de una antigua película de cine negro. A veces imaginaba estar en un decrépito salón americano de 1800; otras, las menos, desgraciadamente, soñaba con el elegante "Cotton Club", pero, caballeros, cuando tienes el cenicero casi pegado a la puerta de los wáteres, creanme que es difícil que el sonido de la cisterna no te devuelva a la ordinariez de la cruda realidad.

Cuando la luz del día que se filtraba por las rendijas de la puerta del "Corzo" o del "Savoy", que ésos eran los dos nombres a los que respondía mi particular universidad, comenzaba a incomodar a mis dilatadas pupilas, me levantaba tambaleante, y abandonaba el local sin siquiera despedirme del viejo barman, que, a escondidas, apuntaba en la envoltura de un cartón de tabaco, las copas y paquetes de cigarrillos que el extraño chico de la mesa junto a los servicios, tendría que abonar la noche siguiente para poder entrar.

Madrugada tras madrugada, delante de mí, se representaban amargas historias de aquéllas que sólo pueden acontecer cuando la gente de bien ya le ha dado el beso de buenas noches a su mujer, y han iniciado el primer sueño sin importarles tener un auricular o un cuchillo clavado en su oreja derecha. A veces, mi atención era absorbida por la embaucadora belleza de algunas damas que se ofrecían por menos de la mitad de lo que ellas creían, y que, sin embargo, solía resultar bastante más del doble de lo que realmente valían. En otras ocasiones, desfilaban ante mis irritados ojos, los fantasmas de las sombras de los que no hacía tanto tiempo habían sido personajes de relumbrón en una hoguera de vanidades que, a fuego lento, los volvió carbonilla. Hacía tiempo que su estrella se había esfumado, pero los cornudos, no lo duden, siempre son los últimos en querer enterarse.

En este lugar, que llegó a ser mi verdadero hábitat esa temporada, los desengaños y desamores combinaban con la soledad y el dolor bastante mejor que cualquiera de los extraños brebajes que el misterioso camarero mezclaba en su destartalada coctelera plateada. Frecuentemente, notaba que me faltaba el aire, y aunque tardé cinco años en conseguir hacerlo, me sentía tentado de salir a tomar un poco el fresco, y regresar anticipadamente al mundo de los que todavía respiraban. Yo se lo achacaba a lo incontables "Ducados" que, a lo largo de la noche, iban desfilando de mi boca al cenicero, y que solían gozar de una segunda vida en los labios de cualquiera de los demás clientes del "Savoy", incluido yo mismo, antes de terminar aplastados por los tacones de una mujerzuela de muslos sólo comparables a su falta de suerte. Sin embargo, ahora puedo saber que no eran los cigarrillos, sino esa pesada atmósfera de resignación y derrota, la que me impedía oxigenar lo necesario a mis alveolos maltrechos.

A lo largo de casi cinco años, creo que no falté una sola noche a mi cita con la bohemia. Incluso logré convencer al barman para que celebrase su cena de nochebuena en el "Corzo". Pero aún así, nada pude escribir durante esa larga temporada, simplemente, porque nada me sucedía a mí. Todas las historias que pasaban ante mí me eran ajenas; sí, eran otros tipos quienes las vivían y padecían. Sujetos a los que llegaba a envidiar por haberse encontrado a su mujer en la cama con la esposa de su mejor amigo, o por jugarse y perder todos los dedos de la mano de pactar, tras confíar en uno de esos socios que sólo cumplen a la hora de traicionarte. Todas esas cosas, y otras peores, sucedían, sí, pero, lamentablemente, nunca a mí. Y es que yo estaba demasiado ocupado inventando un personaje al que no lograba suministrar el combustible necesario para poder incorporarlo de la silla.

Fue bastante tiempo más tarde cuando logré encontrar la explicación a este raro suceso de no poder traducir a palabras creíbles la sordidez en la que me desenvolvía entonces. Una noche, casi quince años después de que mi nueva amiga la conciencia, me liberara de mis no muy saludables hábitos nocturnos, temeroso y asustado, me atreví a cruzar de nuevo el umbral del viejo "Corzo". Todo parecía seguir en su sitio. Sin darme cuenta, volvía a estar sentado en aquella pequeña mesa junto a los servicios, acompañado de mi habitual botella de Johnny Walker, que, como de costumbre, no recordaba haber pedido. Andaba yo absorto evocando mis antiguos recuerdos, cuando el estruendo del sonido de la cisterna, me devolvió por enésima vez a la realidad. De los servicios salía a duras penas un muchacho con los ojos enrojecidos que se detuvo ante mí, y me susurró con voz pastosa: "Oiga, jefe, perdone, pero este es mi sitio". Dejé la botella en la mesa, y regresé a la barra con un vaso a medio llenar en la mano y una enorme interrogante en la mitad del cerebro que permanecía de guardia. Desde allí me giré de nuevo hacia el muchacho, y le oí murmurar algo mientras intentaba prender un cigarro que había cogido de un paquete de "Ducados" que sobresalía de uno de sus calcetines. Entonces miré al camarero, y si no lo conociese, juraría que me había sonreído.

Mientras, a pocos metros de mí, se sucedían nuevas pero repetidas estampas de personajes derrotados por su propio fracaso. Gracias a estar todavía sobrio, me pude dar cuenta que los protagonistas de estas escenas eran realmente parecidos los unos a los otros. ¿Qué digo?, eran la misma persona, sin duda. Voz profunda, rostro curtido, arrugas profundas, barba cana desaliñada, y ancha pero decadente figura copa y cigarro en mano. Pude recordar, entonces, que así eran también todos aquellos habitantes del submundo en el que estuve inmerso casi dos décadas atrás. Me estaba empezando a preocupar con esta revelación, cuando me interrumpió el áspero sonido del timbre del viejo teléfono del local:

"¡Alvite!, es para ti"-gritó molesto el camarero.

Fue entonces cuando me quedé atónito observando que tanto el hombre que gesticulaba y discutía con la fulana de turno, como aquel otro que bailaba escondiendo su soledad en la penumbra de la vetusta pista, e incluso el extraño muchacho que ahora ocupaba mi antigua mesa, se acercaron a la barra dispuestos a contestar la llamada. De ese estado inicial de extrañeza fui pasando a otro de absoluto entusiasmo. Empezaba a entender por qué no había sido capaz de escribir nunca nada sobre aquellas experiencias malevas de juventud. ¡Esas historias no me pertenecían!. Todas tenían un mismo dueño, un único autor, ¡Alvite!.

Y, creanme, nadie como él para contarlas.

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